viernes, febrero 23, 2007

SI QUISIERA

Un ángel caído entró en el laberinto. Una criatura de luz celeste con la magnificencia de su gracia tiernamente sobrenatural. La brutalidad de la brisa se avergonzaba ante la docilidad de sus masculinos movimientos. Ni las estrellas insurrectas se atrevían a brillar donde este perfecto ser impregnaba sus huellas. Su mirada exploradora compartía los destellos de los atesorados sentimientos que con el vasto orgullo de un guerrero ostentaba previo a la batalla. La seguridad de su sonrisa anulaba la rigidez del horizonte y quebraba en mil pedazos hasta la más compleja teoría sobre la vida y sus detractores.

Repetía fragmentos de lo que bien podría ser una canción, con un lenguaje cuidado de notas altas perceptibles por todas las criaturas inocentes e irracionales de la creación.

La completa oscuridad de los pasajes detuvo a los más arriesgados aventureros, pero para él, sin embargo, no resultaba impedimento alguno y hasta por el contrario, exhibía con cierto porte la inutilidad de su ceguera.

Palmo a palmo se adentró por un camino irrecuperable, y tan sólo la idealización de una extraña y desconocida figura le servía como fuente de calor y lumbre. Extraños olores a sexo mal cosechado, a moho en los dedos, a crisálidas momificadas que no abandonaron su casa, lo perseguían de cerca pero sin tocarlo, como mordiéndole la belleza de su sombra difusa entre las sombras. Las piedras cortantes y erosionadas de torpes consuelos de otras historias (mal curadas) lastimaban retrospectivamente la fragilidad de sus pies desnudos.

Sólo avanzaba por el deseo de encontrarla, sin saber cómo la reconocería entre los espectros que simulaban ser bondadosas hembras mitológicas. Quizás fuese una cualidad saliente, única entre todas, o tal vez la suma de sus cotidianas simplezas, pero sabía que su confiado corazón enamorado emitiría señales de aviso segundos antes de encontrarla.

Sin formular deducciones por el método del absurdo, ni proclamar profecías de tiempos paradisíacos, se dejó atrapar por el magnetismo dulce que lo colmaba y que a su vez, lo empujaba hasta las vísceras del imaginario laberinto. La noche convocó sus aves de carroña planeando en círculos concéntricos sobre el aura de las debilidades. Esquinas sin retroceso lentamente comenzaron a envenenarlo, sin que él pudiese siquiera percibirlo. La hiedra exhibía desgarradoras espinas que enviciadas de poder, flagelaban sus perfectas y blancas alas, primero con una sutileza casi erótica, pero tras la costumbre, obrando cual descuartizador con la sutil impunidad de la mafia enquistada en alguna de sus religiones.

El vicio de un hilo mágico anudado en la mueca de la hipocresía, carecía de facultades adivinatorias para rescatarlo de sus decisiones mundanas y erráticos sentimientos.

Rostros enfermizos lo acusaban detrás de cada mentira que proponía el espejismo del paisaje. Despojado ya de toda facultad divina, sufriendo los embates de la histeria y los caprichos de la belleza absurdamente subjetiva, no tardó en comprender la crueldad del amor. Pese a todo, su mente contaminada avanzaba hacia la oscuridad completa del espiral siniestro.

Miró hacia atrás queriendo asirse de la felicidad perdida en algún derrocado recuerdo. Después miró al cielo pidiendo la desinteresada ayuda de un dios egoísta. Como último recurso miró en su interior para reconocerse entre sus despojos. Todo fue en vano. Ante él se manifestó la inutilidad de la mirada de los ciegos y no prorrogó la idea de arrancarse los ojos que se empecinaban en engañarlo.

Vencido, envejecido, perturbado, impuro, incompleto por el vacío horadante de la duda, llegó al corazón del corazón del idealizado laberinto.

Ella lo esperaba con la ironía de su risa, con la furia de su mirada de acero, con la esterilidad de sus deseos, con las cadenas las promesas que lo sepultarían de inmediato, con sólo tocarla. Ella es la muerte. Pero para un hombre enamorado nada es lo que parece y muchos menos lo contrario. Avanzó torpemente con la ansiedad de un niño triste entre sus manos y quiso acariciarla por vez primera. Lo que nunca existió no puede terminar en un momento tan célebre. Cayó de rodillas ante la fémina aterradora con rasgos de madre y piel de serpiente pálida, sintiendo el frío de la daga que entraba por su pecho mustio y arrepentido. Si hubiese querido vengarse del dolor que lo invadía, podría haber desenvainado su espada. Si quisiera aún, proclamar el sentido inmaterial de la justicia, se levantaría del charco pegajoso de la sangre huyendo de sus venas, y la llevaría con él al destierro de lo que nunca ha sido. Pero el amor es extraño.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Amor:
Cada vez que leo algo tuyo, solo puedo asombrarme, realmente escribis maravillosamente bien. Te dije que te amo no?